Voces / 94
Jueves 26 de Noviembre de 2009 / El Nuevo Día
 
La muerte que no osa decir su nombre

JOSÉ TORO A L FO N SO
P RO F ESO R U N I V E RS I TA R I O


L os eventos ocurridos recientemente en los cuales un joven de 19 años fue brutalmente asesinado revelan la conciencia de un sector de nuestra población que piensa que "Este tipo de personas cuando se meten a esto y salen a la calle saben que esto les puede pasar". Es el crimen del cual la víctima es culpable. Parece que el joven es culpable de estar allí, de vestirse de una forma particular, de aceptar la invitación de montarse en una auto, de querer pasar por lo que no es, y culpable merecedor de la muerte.

No debe parecernos nuevo este discurso ya que en un estudio del año pasado auspiciado por la Comisión de Derechos Civiles de Puerto Rico, se entrevistó a fiscales y policías con respecto a su percepción de la comunidad lesbiana, gay, bisexual y transgénero en Puerto Rico y las respuestas son similares: "Este tipo de personas cuando se meten a esto y salen a la calle saben que esto les puede pasar".

El estudio demostró los niveles de homofobia y exclusión de esta comunidad en agencias de servicio del gobierno.

Dicen que en guerra avisada, no muere gente. Pero en esta guerra ideológica sobre la aceptación de la diversidad y las orientaciones sexuales el joven López Mercado perdió la vida a pesar de las recomendaciones que la Comisión de Derechos Civiles hiciera a las agencias de gobierno a raíz de los resultados del estudio mencionado.

Sigue todavía engavetado el proyecto de ley que pretende eliminar la discriminación en el empleo por razones de orientación sexual y de género. La ausencia de una política pública que prohíba la discriminación y la exclusión tiene como resultado que algunos jóvenes sólo tengan la opción de empleos precarios y de riesgo para buscarse la vida.

El odio y el rechazo social que representa el desmembramiento de un cuerpo de otro sirven la función de advertencia a todo un sector que no cumple con la norma social que aparentemente desean imponer los sectores religiosos fundamentalistas que actualmente empujan el Gobierno. El arma que cegó la vida del joven Jorge Steven fue empuñada probablemente por el detenido Juan Martínez, pero detrás de esa mano estaba presente el empuje violento del discurso de odio y homofobia esbozado por líderes religiosos y políticos de nuestro país.

Estas personas, reconociéndose cómplices, no osan decir lo indecible: esto es un crimen de odio.


 
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